El problema que tenemos para 2022 no es la “política” sino la “mala política”

Publicado hace 2 semanas

Las secuencias de los hechos explican, en el tiempo la magnitud de la crisis actual. La falta de lucidez de nuestra dirigencia es un problema grave.

Por Jorge Grispo (@jorgedgrispo). Abogado, especialista en Derecho Corporativo y Concursal, autor de libros y publicaciones. 

En la novela “Ensayo sobre la lucidez” José Saramago crítica a una sociedad en la que el “poder de turno” queda cegado por los propios mecanismos de la política: La trama sucede durante las elecciones municipales de una ciudad sin nombre -que bien podría ser nuestra nación-, donde sus habitantes deciden individualmente ejercer su derecho al voto de una manera inesperada y abrumadoramente en blanco. El gobierno teme que ese gesto revolucionario, capaz de socavar los cimientos de una democracia degenerada, sea producto de una conjura anarquista internacional o de grupos extremistas desconocidos. Las cloacas del poder se ponen en marcha: los culpables tienen que ser eliminados. Y si no se hallan, se inventan. Saramago muestra la altura moral que los ciudadanos anónimos pueden alcanzar cuando deciden ejercer su libertad, como el pasado 14 de noviembre de 2021.

La Argentina modelo 2022, que recién empieza a gestarse condicionada por su pasado inmediato, tiene un futuro muy corto: las elecciones presidenciales de 2023, donde la ciudadanía tendrá la opción de confirmar o rechazar el rumbo actual. Para comprender acabadamente el presente sería necesario analizar la secuencia de todos los presidentes constitucionales para tener en claro que le dejó cada uno al que lo sucedió. Ese estudio comprensivo de toda la historia argentina, además de ser interesante, ocuparía varios tomos de una obra de proporciones. No es el análisis que me propongo realizar hoy. Solo, en muy prieta síntesis, destaco algunos hechos qué marcaron los últimos tres gobiernos constitucionales para tener un aproximación de lo que está sucediendo hoy. Es solo una foto, no la película completa. Empezando por el final, es posible concluir que “la mala política es enemiga de la política y la falta de lucidez una constante en la mayoría de nuestra dirigencia. 

La corrupción desenmascarada durante el gobierno de Cristina Fernández fue la marca que dejaron los confesos propios y ajenos. Los bolsos que volaban por encima de los muros de un convento. Las imágenes de la rosadita donde se contaban billetes verdes por millones. Los secretarios y relaciones cercanas devenidos en multimillonarios, tildados por el magistral humor de Rolo Villar como “Aloe Vera”, (por la inmensa cantidad de propiedades que se le descubrían). Alguno incluso  fue asesinado cruelmente, como el caso de Fabián Gutiérrez, hasta 2010 secretario privado de la entonces presidenta y que en 2018 declaró en su contra en una causa por corrupción, murió por “asfixia mecánica” luego de haber sido torturado, golpeado y apuñalado varias veces. Se suma el déficit fiscal y la escasez de reservas con las que terminó su mandato, más una vida de lujo a costa del erario público. 

Mauricio Macri recibió una pesada herencia. Llegó para ser mejor pero no cumplió con los objetivos que se propuso: ordenar las cuentas, bajar la pobreza y reducir la inflación. Durante su gobierno se cometieron muchos errores, enhebrando un modelo económico complejo y con poca viabilidad. La “gradualidad” fue el pecado capital de un gobierno que no tenía la fuerza política necesaria para hacer cambios estructurales. También debemos considerar que poco o nada se hizo para defender las reservas que en ese entonces no eran lo que son ahora. El de Macri fue un gobierno marcado por la “timba” financiera, lamentablemente todo lo que podía salir mal, terminó peor, se hizo un mal diagnóstico del contexto internacional y se manejó equivocadamente la coyuntura. Cuando el fracaso del modelo era evidente recurrió al FMI, empezando un ajuste feroz y tomando medidas típicas de su predecesora, como el congelamiento de tarifas, el default selectivo y los controles de capitales. Debemos agregar a este cóctel explosivo los errores políticos al no construir una base más amplia que le proporcionara mayor gobernabilidad. 

Alberto Fernández arrancó al revés nombrado a dedo por Cristina. Jamás podría haber sido presidente sin los votos de la dueña del poder que armó una estrategia electoral exitosa para ganar la elección, pero desastrosa para gobernar la nación. El traje de presidente siempre le quedó grande, por más que ahora pretenda cortar el cordón umbilical intentando ir por la reelección en internas y “sin dedo”, su futuro seguirá dependiendo de la voluntad de Cristina. El gobierno de Alberto quedó condicionado por la deuda heredada, la pandemia y su falta de lucidez. El vacunatorio vip, la foto de la fiestita de Olivos y los constantes tropiezos consigo mismo son sus imágenes icónicas. La falta de credibilidad su signo distintivo. Tiene un mayor endeudamiento que su antecesor. Alberto procrastina decisiones, en parte porque no sabe y en parte porque no puede. No haber cerrado en 2020 un acuerdo temprano con el FMI nos deja ahora con la espalda al viento. La inflación descontrolada y la emisión sin fin, son la evidencia de su incapacidad para gobernar. 

Cada lector podrá tener para sí su propia secuencia de hechos, nombrarlos a todos o en forma más extensa excede el objetivo que me propuse porque el resultado, en mi opinión, terminará siendo en todos los casos el mismo: la constante es la impericia en la toma de decisiones. Cada presidente tuvo aciertos y errores. Pero éstos últimos superan con creces a los primeros. El problema que tenemos por delante los argentinos para 2022 no es la “política”, sino la “mala política”. La ciudadanía está hastiada. Vemos a diario diputados que se van a Disney, Alemania o a las Islas Maldivas en lugar de sentarse en sus bancas que es para lo que fueron votados. También nos toca observar la vida de lujo que viven a costa de los contribuyentes. Cada funcionario es una Pyme en sí mismo con un gasto “enorme” que soportamos los contribuyentes. En las jubilaciones el ranking de los mejores pagos son también los políticos, incluso la vicepresidente cobra (y gasta) sumas millonarias. La falta de lucidez en la dirigencia política se ha hecho una costumbre argentina y la carencia de austeridad su pecado capital.

Toda crisis tiene un efecto revelador. En el caso de nuestra empobrecida nación, la pandemia nos mostró, una vez más que los argentinos queremos ir para un lado y la política va exactamente en la dirección contraria (por ejemplo la rosca por la reelección cuasi indefinida de los intendentes del conurbano produjo la magia de acercar a los oficialistas con los opositores). La sociedad argentina está partida, agrietada como su dirigencia política la cual, en lugar de bajar los decibeles los incrementa En esto el presidente se luce casi a diario. Vemos cómo la ideología del relato termina imponiéndose por sobre la ideología del diálogo. El relato importa la sumisión del otro, el diálogo y la búsqueda de consensos, como sucedió en el caso de los intendentes bonaerenses, lástima que lo usaron en provecho propio y no de los ciudadanos que representan. Vergonzoso. 

La guerra ideológica que tiene como campo de batalla a todo el territorio nacional está más vigente que nunca. La ciudadanía habló fuerte y claro en las elecciones legislativas. Los dirigentes siguen sin escuchar. Tanto el oficialismo como la oposición comparten la circunstancia de estar “parcelados”, y ello es así porque en ambos casos se conformaron frentes electorales integrados por “partes” que no son un todo orgánico, son retazos independientes que se unen por el espanto del “enemigo” en común. Hoy no tenemos partidos fuertes y orgánicos Sólo dos rejuntados que a su vez tienen sus grandes diferencias y les falta aún aplicar la teoría darwiniana, donde la supervivencia del más apto se terminará imponiendo, o al menos, así debería suceder, para que el resto se encuadre. 

Los argentinos, como sociedad “política” seguimos en cuarentena estricta. Algunos se escaparon, como la izquierda y los libertarios, pero por ahora es solo una escapada y nada más. La política argentina suma a la falta de lucidez (algo que Milei supo sacar provecho con la crítica al Gobernador Kicillof por su reciente foto haciendo un asado mientras los argentinos son condenados a comer polenta), la ausencia de credibilidad, y la incertidumbre de un futuro mejor que siempre nos prometen pero que nunca llega. La política carece de valores morales fuertes. Es expuesta por sus torpezas y recurrentes excesos como el caso de Ariel Zapata, el entrenador canino que, en plena cuarentena tuvo que asistir al cuadrúpedo presidencial reiteradas veces, dijo en declaraciones públicas: “Me llamaron por un asunto importante, que eran las peleas de perros en Olivos”. 

La ausencia de lucidez y la incertidumbre son constantes en la política nacional. Cada día los ciudadanos les creemos menos. Las redes sociales exponen de manera cruda las barbaridades que nos regalan a diario la inmensa mayoría de los políticos y dirigentes que se ven permanentemente expuestos por cualquier ciudadano que tenga un celular a mano. Antes nadie estaba a salvo de un archivo, ahora de un celular (que graba, hace una foto o un video). Ningún político tiene asegurado el éxito, por más asesores que contrate, encuestadores o trolls. Viven  en una visibilidad permanente, motivo por el cual su transparencia es la única arma que pueden esgrimir con relativa eficacia. Pero ser transparente importa muchos sacrificios que no todos están dispuestos a realizar. Tanto la ausencia de lucidez como las avivadas, la rapiña y los abusos de la “casta” son ahora más visibles. Ya no es tan simple nombrar familiares, amigos, amantes, parientes o despedir empleadas domésticas a cambio de recompensas provenientes del erario público. Hoy un simple “WhatsApp” mal escrito puede poner en jaque una carrera política. La fractura entre gobernantes y gobernados es cada vez más grande, y no por culpa de los últimos. 

Los políticos argentinos se comportan como sus peores enemigos. Suelen hacer un diagnóstico errado de la realidad, con cierta inclinación al realismo mágico, como si el origen de nuestros males fuera el conjunto de la sociedad, y no la “casta” política. La mayor debilidad de la democracia son los malos políticos -que abundan-, cuyo primer acto de corrupción es aceptar un cargo para el cual no están preparados. Juegan al límite, tanto que colman la paciencia de la ciudadanía. Vivimos una época de indignación social. En el gobierno como en la oposición la desorientación es una alarma en rojo. La mala política, la falta de transparencia, la exposición permanente del político -muchos ostentando una vida de lujo a la cual el laburante de a pie jamás podría acceder-, nos debería llevar a todos los argentinos a cuestionarnos si estamos mirando donde hay que mirar, o somos simples espectadores de un vodevil que solo busca entretenernos mientras lo importante se “cocina” en otra parte. 

La secuencia de lo que un presidente le dejó a su sucesor, con independencia de que hecho se destaque más (o menos), son en su conjunto el “peso” que se acumula sobre las espaldas del pueblo. No se trata de preferencias partidarias, serían irrelevantes, ni de discursos pesimista o que intenten profundizar la grieta, lejos de eso, analizar el pasado y el presente, nos permite entender que es lo que viene y anticiparnos para hacer las correcciones necesarias. Sin pasado ni presente, no habría futuro posible. El 2022 es el año de la fragilidad latente. La indignación ciudadana está en el límite del punto de no retorno, esperemos que los que tienen la responsabilidad de dirigir los destinos de la nación lo puedan advertir a tiempo.

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