Un país de riesgo. El control militante de precios y el síndrome de la rana hervida

Publicado hace 3 meses

Por Jorge Daniel Grispo

Juan José Castelli (1764-1812) fue un periodista y político de Buenos Aires en la época del Virreinato del Río de la Plata. Tuvo una participación destacada tanto en la Revolución de Mayo como en la Primera Junta. Se suele recordar una de sus frases: Si ves al futuro dile que no venga. 

La Campaña nacional de control de Precios Cuidados con 20.000 “militantes” sociales puestos a controlar los precios de los supermercados para que se respeten los precios cuidados y valor de la carne, no es más que otra aventura infame de una argentina desorientada y sin rumbo. Veamos los motivos. 

El síndrome de la rana hervida constituye una analogía que se utiliza para puntualizar el fenómeno acaecido cuando ante un problema que es progresivamente tan lento que sus daños puedan percibirse como a largo plazo o no percibirse, la falta de conciencia genera que no haya reacciones o que éstas sean tan tardías como para evitar o revertir los daños que ya están hechos.

“El síndrome de la rana hervida” se usa a menudo como una metáfora de la incapacidad o falta de voluntad de las personas para reaccionar o ser conscientes de las amenazas siniestras que surgen gradualmente en lugar de hacerlo de repente.

La inflación crónica es uno de los síntomas del fracaso de la política, no el de un gobierno sino el de todos. La falta de credibilidad actual en las políticas de Estado son la causa de su propio fracaso. El recordado Tato Bores ser haría un festín de monólogos imperdibles con nuestra realidad circular década tras década.

El Estado es el que maneja las variables y toma las decisiones. A los particulares solo nos queda acatarlas y, en su momento, votar. Los gobernantes son elegidos para gobernar para todos, no solo para aquellos que los votaron. Una vez electos su responsabilidad se amplifica (o al menos eso es lo que debería suceder). 

Como se suele decir, en el pecado está la penitencia. Es una frase que aplica para la argentina de las cinco pandemias: salud, educación, instituciones, seguridad y economía. 

Nuestra penitencia parece ser, entre otras cosas, soportar todo tipo de medidas, algunas se destacan más que otras, como el impuesto a los ricos, la cuarenta extra larga que tuvimos, la falta actual de vacunas suficientes, la inflación que no cesa, entre las más destacables. Todo esto sin que la casta dirigente se digne a bajar sus propias dietas, como modo de ejemplo de liderazgo en tiempos de crisis. 

El control duro de precios es una herramienta que fracasó repetidamente en nuestra nación. Es una arma tan inútil como infame, que sólo tiene como finalidad un claro uso político en tiempos electorales. Es el Estado quien tiene la potestad y el poder de policía, no los ciudadanos que sí podemos “denunciar”, pero no actuar por mano propia. Ese contrato social no puede romperse como pretexto de un relato infame de la política agrietada. 

Pandemia, deuda pública, déficit fiscal, grieta, inseguridad, des-educación, inflación, ausencia de moneda confiables, más un larguísimo etcétera, conforman un combo complejo de solucionar. Es el agua hirviendo a fuego lento con la rana -que venimos a ser todos los argentinos- adentro. Este tipo de medidas van subiendo el calor del fuego, tanto de un lado de la grieta como del otro. No sirven más que para eso. 

Poner a una parte de la población a “cuidar” a la otra parte, como si los “cuidados” fuéramos inútiles que no lo sabemos hacer por nuestra cuenta, es un acto cuanto menos infame. Es tanto como menospreciar la capacidad e inteligencia de la población en general. Grave por donde se lo mire. 

El modelo de país que tenemos -desde hace varias décadas- fue mutando lentamente, como el síndrome de la rana hervida, pasamos de ser el mejor país del mundo en 1885 -donde claramente no había precios cuidados- a una aldea pobre en 2021, pero con precios vigilados por los militantes sociales. 

Nos venimos hirviendo a fuego lento. No somos las víctimas, ni los victimarios. Somos artífices de nuestro propio destino porque por años, votamos como votamos y tuvimos la clase dirigente que libremente elegimos. No es culpa de uno o de otro dirigente, sino del resultado de todos juntos. 

Esa transformación silenciosa de nuestra realidad, se nos hizo presente cuando ya era demasiado tarde, el 20 de marzo de 2020, día en que el actual mandatario decretó la primera de una seguidilla de cuarentenas, que terminaron siendo una prolongación sucesiva de decretos ampliatorios. Todos conocemos la historia reciente.

Nuestra problemática actual, va mucho más allá de las políticas y las prácticas gubernamentales. La grieta que divide a nuestra nación es un síntoma más de la enfermedad que padecemos. Una consecuencia no querida que se acicala con medidas tan salvajes como infames, que, por cierto, están destinadas al fracaso.

La concentración económica y la formación de precios, son variables económicas demasiado importantes para tirarlas a la grieta, convocando a los cuadros militantes para hacer política de góndolas, como si fuera una batalla entre buenos y malos. Ni los cuidadores son los buenos, ni los controlados son los malos, y, mucho menos, los cuidados somos incapaces de hecho que no sabemos cuidar nuestro propio bolsillo. 

El control de precios puede y solo debe ser ejercido desde el Estado, por funcionarios autorizados a ello. No por cuadros militantes que exhortan en mucho el límite de la tolerancia ciudadana. Existen, y muy variados, medios legales por una política de Estado en la formación de los precios. Esos mismos precios que se inflaman por la propia inflación que se genera desde el Estado con las medidas que toma. Un raro contrasentido que solo marca nuestro desvarío nacional y popular. 

Las visiones centradas únicamente en las políticas sociales, que dejan de lado el motor productivo de los emprendedores, las Pymes y las grandes compañías -que conforman un grupo altamente tomador de puestos de trabajo genuino- confunden la ayuda social ofrecida por el estado como un logro, cuando en realidad se trata de la confirmación de su propio fracaso. 

Usar la militancia política como punta de lanza para controlar precios es un síntoma tanto de debilidad del Estado como de su desesperación. Si miramos por el espejo retrovisor, se puede observar con absoluta claridad cómo se fue construyendo históricamente la degradación nacional, y que, precisamente los precios cuidados no son la solución, sino un manotazo más del ahogado en la mar de la incertidumbre. 

Con este tipo de medidas se pretende crear un “Teleteatro de los precios cuidados”, cuando en realidad, lo que se está gestando es algo mucho más grave y peligroso: la utilización de la militancia política para asegurar las políticas de un estado que se muestra impotente frente al flagelo inflacionario. 

Quizás convenga recordar que existe en nuestra nación, bajo la órbita del Ministerio de Desarrollo Productivo, la defensa de los y las consumidores, donde fácilmente cualquier ciudadano -no es necesaria militancia alguna- puede iniciar un reclamo si tuvo algún tipo de problema, ya sea con la compra de un producto o servicio (ver: https://www.argentina.gob.ar/produccion/defensadelconsumidor).

El lanzamiento de la campaña “cuidar el bolsillo” no es ni más ni menos que la inflamación de la grieta mediante la utilización de un sector de la población que depende más de la asistencia que le da el propio Estado, que de su propia capacidad laboral, a consecuencia del propio fracaso del Estado, incapaz de generar un trabajo genuino. 

Son medidas para la propia “tropa”, que se alejan de la obligación de gobernar aun para quienes no votaron al ocupante de turno del sillón (eléctrico) de Rivadavia. La opacidad en la utilización de la militancia política excede en mucho el marco de legalidad con que se debe garantizar a quién se pretende controlar. Eso se llama seguridad jurídica en los países del primer mundo, esos que quedan bastante lejos del nuestro. 

Para ese control existen innumerables herramientas, las cuales más allá de ser efectivas, son “legales” y no tienen ese contenido político decadente que le quita legitimidad, por caso la Ley de Defensa del Consumidor (26.361). Resulta difícil imaginar porqué motivo no se recorren los locales más chicos o los famosos “supermercados chinos” que compran en bloque, pero sí los hipermercados. ¿Con unos sí y con otros no? ¿por qué?

El control de precios de hecho, en la vida “real”, lo hacemos los ciudadanos sin importar de qué lado de la grieta se encuentren. El “gil” que tira el dinero es una rara avis. Se parte de la premisa de que los ciudadanos no nos sabemos cuidar y necesitamos de un grupo de militantes para que vigilen los precios por nosotros. Craso error. 

Cuidar el bolsillo de la gente es cuidarlos de la inflación, darles trabajo genuino al que no lo tiene, cuidar a las empresas que son las verdaderas dadoras de empleo, bajar la carga tributaria y el costo laboral, para que se pueda contratar más empleo en “blanco”. Seguimos errando el rumbo y repitiendo conductas que sólo están destinadas al fracaso.
Bien podría volver a decir Castelli hoy: Si este es el futuro, dile que no venga.

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